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carlos

el burdel del inconsciente

"donde falta el decoro con ruido y confusión" R.A.E
September, 2007

Hombre abatido por cama abatible

En mi dormitorio tengo una cama abatible de Ikea. De esas que, para dormir, ocupan como una cama y cuando estamos despiertos lo hacen como un armario. 420 €. El ahorro de espacio en la habitación es impresionante. Pero el tema que ahora nos ocupa es un hombre que hay aplastado bajo esta cama. La muerte le ha dejado un semblante indiferente, imperturbable. Quería dejar de fumar y parece que lo ha conseguido. Aún así, lleva en el bolsillo una cajetilla repleta de cigarrillos que van empapándose de plasma sanguíneo con rigurosa disciplina. Mi mente, algo paralizada por el espectáculo, recapitula el día para buscar lazos que puedan explicar por qué mi alfombra de Ikea (159 €) hace las funciones de esponja con la sangre que vierte el señor de ahí abajo. Que un hombre yazca muerto con un frac en mi habitación no tiene mucho sentido. Veamos qué pasó durante el día.

 

Suena el despertador, me despierto, bostezo, me ducho. Grito, pues me han cortado el gas por impago de recibos. Decido a partir de mañana ducharme con arena en vez de agua fría. Postergo mi plan hasta el próximo viaje a Valencia o Gobi donde pueda obtener una tonelada de fina arena. Desayuno y me voy a trabajar. Hasta ahí nada reseñable. Luego, en el trabajo, tampoco. Salgo del trabajo y decido volver andando. Piso un chicle. Empieza una cojera pegajosa motivada por la dificultad al caminar con  la goma de mascar haciendo de herradura. Cuanto más ando más objetos acapara el parásito gomoso de la suela del zapato. Es insaciable. Veo un mimo. Me guiña un ojo. Pienso: si hubiera sido un avestruz también me hubiera guiñado el ojo de esa forma cándida e intimista. Va vestido y maquillado de blanco, como si nunca se hubiera manchado de otro color. Sigo andando, con la cabeza bien alta y el zapato cada vez más mohoso. Entro en una pastelería. Salgo de ella sin saber por qué he entrado. Me paro en un semáforo. Intento recordar el primer día en que, mirando a ambos lados de la calle y no viendo ningún coche venir, crucé la calle, aún estando el semáforo en rojo. Es un momento de gran raciocinio en la maduración de un niño: mamá y papá tienen razón (no cruces la calle en rojo); pero no del todo (sobre todo cruza la calle cuando no pasen coches).    

- Señor, ¿se encuentra bien?- un agente de policía se ha alarmado al ver a un señor tocando un semáforo como si fuera su compañera sentimental.

- Sí… sí. Estaba tratando de recordar.

- Pues si hace eso cuando recuerda, hágalo en casa.

Esto último no sé por qué lo ha dicho. No importa.

 

Por fin llego a casa. Unos ladrones han entrado antes que yo. Golpean mi coronilla despoblada como si fuera un Gong. Deben ser músicos, piensa mi cráneo antes de desplomarse. Buscan joyas. No las ven. Se llevan un despertador. Lo agradezco. Les daría unas monedas por el detalle si no estuviera inconsciente. Por fin abro los ojos. Preparo café para todos. Mientras discutimos sobre el índice de suicidios en los países nórdicos, alguien fuerza la puerta para entrar. Debe de estar abierta si ya han entrado los cacos, sugiere mi mente. Dejamos que entre. Todos estamos con el corazón a flor de piel, pues no esperamos a nadie más. El susodicho es un hombre con frac que quiere el importe de los muebles de Ikea o su reenvío con carácter de inmediatez a los almacenes suecos. Los ladrones se ponen furiosos con él. Les apaciguo con unas tilas.

- Dejadle en paz, chicos. Que se lleve los muebles. Y también si lo desea puede darse hasta una ducha- Mente pérfida la mía.

El cobrador entra en mi alcoba. Suena un golpe. Entramos sobrecogidos los ladrones y yo a mirar qué ha pasado en la habitación. Ha sido un aplastamiento en toda regla. Mientras observo la mirada estólida del señor, ellos se percatan de que tengo la colcha de la cama forrada de diamantes. Vuelven a golpear mi coronilla despoblada.

Grandes percusionistas, piensa mi cráneo antes de caer al suelo.

October, 2006

Esto no es un anuncio de pantys

“Querer es poder” pensaba Schopenhauer mientras unos pantys de licra gangrenaban sus piernas. De cintura para abajo sus extremidades, ya tumefactas por la presión textil de unos leotardos excesivamente prietos, provocaban el primer caso de inteligencia inducida.  Intentaré explicar esta gilipollez que estoy escribiendo, pero que tal vez sea cierta y cree tendencia.

Pensadlo bien, la apariencia física de este aclamado filósofo ha pasado a la historia en forma de busto. Un busto que escribió tratados con la intención de aglutinar la filosofía occidental y la oriental. Un busto adelantado a su tiempo. Un busto que no merece ser llamado cuerpo, conociendo el porqué de esas piernas embutidas en unos pantys.

Pues bien, Arthur formuló una teoría que jamás compartieron sus seguidores, pero sí llevó a la práctica consigo mismo. No es baladí:

 

Intentaré expresarme en castellano para así la gente de habla castellana pueda entenderme en un futuro. Si el cuerpo humano necesita de la sangre para su óptimo funcionamiento, a mayor caudal sanguíneo mejor rendimiento. Es decir, el flujo sanguíneo es directamente proporcional al ejercicio cognitivo.

 

E hizo lo que no tenía que haber hecho. Si quería ser más listo, podía conseguirlo. Lo único, debía procurar que su sangre (5 litros aprox.) recorriera menos espacio. Para ello, unos pantys cortarían la circulación de sus piernas, consiguiendo el efecto de elevar la sangre de cintura para arriba. Así tendría más sangre en el cerebro.

 

Acabo ya, después de una recomendación (esto parece Popeye). Los que tengáis un busto de Schopenhauer en el salón, tiradlo por la ventana no sin antes advertir a los transeúntes. El mérito no es de ese filósofo al que supongo no le gustaba hacer footing. Eran unos simples pantys.

Malditos pantys.

 

                      "por Schopenhauer, que acaso descifró el universo." Borges

January, 2006

La arquitectura exhibicionista (II)

Arquitectura exhibicionista (II): los baños de la Fnac                                         

 

Estoy en la Fnac de la plaza de Callao, en Madrid. Planta baja. Me monto en las escaleras mecánicas, y antes de llegar a la planta primera…

 

Me cago en los pantalones.     

    

Aquí es cuando te das cuenta de que no controlas nada. De repente me he cagado sin previo aviso. Ni siquiera ha habido una llamada de atención del estómago, o una flatulencia en la que te juegas el tipo. Ha sido así: un dique abre sus compuertas inesperadamente y deja salir todo el interior del embalse. Lo duro es que esas compuertas las controla uno; y que el interior del embalse son heces líquidas bien fétidas. Pues hay veces que eso sale sólo y en cualquier lugar. La verdad es que nunca pensé que a un mamífero adulto pudiera ocurrirle esto.

Ahora las escaleras mecánicas huelen igual que un baño donde alguien ha cagado líquido. Vamos, descomposición pura.

Mantengo la compostura, pero sé que tengo un señor a unos tres peldaños detrás de mí. Seguro que está contemplando mi culo para corroborar la evidencia. Trato de disimular.

El problema es que ahora tengo los pantalones cagados, y los gallumbos, por ser formato slip, anegados de mierda. Y pienso en el pobre señor que tengo detrás:

 

Pertenece a esa generación que empapeló su casa con imágenes de Pelé, vio todos sus partidos memorables, compró los vídeos con sus mejores jugadas, vestía su camiseta para las pachangas con los amigos. Su dios era Cristo hasta que Pelé pisó el césped. Pero llegó un día en que, viendo la televisión con su esposa y tres hijos, aparece el  jugador carioca anunciando a los cuatro vientos que la disfunción eréctil tiene tratamiento.

- Cariño, dime que ese señor no es Pelé- dijo a su esposa mientras brotaban lágrimas de sus ojos.

- Lo siento, cielo mío- afirmó su esposa con la solemnidad propia de un entierro.

Su Dios no había muerto, se había declarado impotente en televisión. Apagó la televisión, no volviéndola a encender nunca más.

Desde aquel trágico día, este hombre fue un desamparado de la vida. Consideraba sus daños morales como irreparables. Pero, tiempo después, consiguió encontrar una entretenida afición que le estaba ayudando a superar sus traumas: la lectura. Era imposible que le aportara decepciones esta afición.

 

Por ello está ahora mismo en estas escaleras, poniendo en duda al ser humano mientras observa callado mis nalgas empastadas. Si asocia este momento a la lectura, pienso, no creo que se acerque a un libro en su vida.   

Puede que hasta se quite la vida.

La verdad es que si un día hubiera ido al centro a comprar unos libros y un tío se hubiera cagado delante de mí (en unas escaleras mecánicas, pardiez, qué poco íntimo) creo que me hubiera descojonado a más no poder.

Me gustaría pedirle disculpas. Y decirle que yo también soy de esos que les gusta cagar en el baño. Pero no me atrevo a mirarle.

 

Y aquí estoy, en una librería del centro de Madrid con los pantalones cagados, mientras espero que unas escaleras mecánicas me lleven a la siguiente planta. Situación que demuestra que no soy un superhéroe. Sólo un tipo que huele mal y anda como un cowboy.

 

Bien, prosigamos. Ahora sólo tengo que limpiarme. Y los baños están… arriba del todo. Así que, mientras espero pacientemente que las escaleras mecánicas me lleven a la siguiente planta, pienso en el que tuvo la brillante idea de poner los baños en el cuarto piso. Es como los cuentos principescos donde la princesa está en el torreón. Sólo que ahora la princesa es un water y el príncipe un tipo sin esfínter.

Sigo sin entender por qué pasan estas cosas.

 

Creo que todo el mundo se ha percatado de lo ocurrido, aunque parezca lo contrario. Creo que a eso se le llama compasión.

 

Trato de no pensar lo que piensan de mí sino por qué ha ocurrido esto. Ahora nada está controlado, todo puede ocurrir.

Lo de cagarse de miedo puede tener sentido, pero cagarse porque sí no lo tiene, afirma mi mente. Y menos en las escaleras mecánicas del Fnac. Pero como no puedo hacer nada al respecto, sólo deseo no ver nunca al señor que tenía detrás.

Finalmente, consigo llegar a los baños después de haber recorrido las cuatro plantas, y suspiro aliviado mientras empleo casi un rollo entero para las labores de limpieza. 

 

CASI FIN

Tras leer lo que he escrito, salta a la vista una pregunta ¿por qué coño he escrito algo tan depravado? Parece el diario de un sanatorio.

Mi respuesta consciente (la inconsciente seguro que está repleta de traumas latentes) la tiene Chuck Palahniuk:

 

Así que es por eso por lo que escribo. Porque la mayoría de las veces la vida no es divertida hasta que uno la revive. La mayoría de las veces no se puede ni aguantar.

 

De este acontecimiento encontré una moraleja terrorífica que ahora os diré:          

Puedes decidir con quién te vas a casar (normalmente ni eso),… pero nunca sabrás cuándo te vas a cagar en los pantalones. Tras un par de años de reflexión he descubierto dos formas de evitarlo: una es comer únicamente yoghourt  y la otra es llevar falda. Que puede ser aún peor.

 

       FIN

 

mi hermano es ingeniero

MI HERMANO ES INGENIERO

Por el hermano del ingeniero

 

Lea detenidamente el prospecto antes de empezar a leer

Cuando hablo de mi familia me refiero a ese colectivo formado por personas que, ya por razones tanto diplomáticas como sanguíneas, uno tiene el deber de visitar no menos de dos veces al año, pero tampoco muchas más (puede ser perjudicial). Con esto quiero decir que no inculpo a mis padres ni a mi hermano. Que es ingeniero.

 

Sobre el tema en cuestión

Todas mis relaciones sociales familiares (es decir, valencianas) se ven hostigadas por la titulación universitaria de Pablo, mi único hermano.

Somos una familia normal (entendiendo por normal la normalidad). Una familia que, cuando llega algún pariente extraño, me barniza en la transparencia. Me convierten en un espectro, sacando a relucir exclusivamente el título nobiliario de mi hermano.

- Pues es ingeniero- declaran (mejor dicho, declaman) en el momento de exhibir a los dos nietos, sobrinos, primos… lo que seamos en función del pariente que presenta.

            Y, después de presentar al ingeniero, toca presentar al segundo. Es decir, a mí. Yo no soy mal estudiante… pero estudio periodismo. Así que cuando acaba la presentación de mi hermano, me miran y dicen:

            - Pues trabaja una barbaridad. Como ha montado una empresa…- Aquí ya están mirando otra vez a mi hermano. Es que es ingeniero. De mí, ni una palabra; sólo una mirada vacía.

            Esta situación fantasmal que sufro en familia no me produce desasosiego alguno, sólo me hace gracia.

Bueno, ya me he matriculado en una ingeniería.

November, 2005

aquí hay peligro

 

Está lloviendo y no ves nada a través de los cristales del coche. Pero decides no parar y seguir conduciendo.

De repente, en una curva frenas más de la cuenta y el coche empieza a deslizarse sin control.

Sabes que vas a tener un accidente, pero mientras el coche se desliza no puedes hacer nada.

 

Hay una situación mucho menos peligrosa en la que piensas justo lo mismo que cuando vas a tener un accidente:

 

La camarera te trae el café que habías pedido. Tienes delante a tu chica. Se ha puesto el traje que mejor le queda, y ella lo sabe; por eso se lo ha puesto. Coges la taza para dar unos sorbos, pero te entran ganas de estornudar. No te da tiempo a dejar el café sobre la mesa.

 

Puede ocurrir que tu coche se estampe contra un muro. O, cuando estornudes, el pequeño temblor de manos vierta el café sobre la cara y favorecedor vestido de tu novia.

O no.

Tu coche puede pararse finalmente sin chocar con nada. También tus manos pueden aguantar férreamente el estornudo, sin que caiga nada del café que sostienes.

Y eso, ¿Cómo lo sabemos?

De ninguna forma hasta que ocurra, por eso se nos queda la misma cara antes de un accidente y después de estornudar.

 

November, 2005

Sin más miramientos

 

Dos señoras mayores charlan acaloradamente en un vagón de metro. Miro compulsivamente la entrepierna de una de ellas, ajeno a su conversación. No quiero mirar, pero no puedo dejar de hacerlo, pues no miro. Tengo la mirada perdida en su entrepierna.

Voy a intentar explicarme: si te quedas embobado mirando algo, 1º No eliges lo que miras (al menos conscientemente); 2º no es tan fácil dejar de mirarlo; y 3º en realidad no ves nada.

Un bolso se estrella contra mi mejilla.

 

Cuando uno se queda atontado mirando algo, pueden suceder dos cosas bien distintas:

Caso A: te quedas mirando atónito sin darte cuenta. Alguien te acabará diciendo algo. La fórmula más usada es que muevan una mano para que despiertes. También pueden darte un susto (para esto tiene que haber alguien gracioso).

Caso B: eres consciente de que miras algo obsesivamente, pero no puedes apartar la mirada. Este momento merece ser estudiado, pues hay dos reacciones diferentes:

1. Sigues mirando al objeto en cuestión. Todo se resolverá como en el caso A.

2. No puedes salir del atontamiento, pero tienes que dejar de mirar al objeto, así que desvías la mirada unos cuantos grados. Ahora la desolación te abruma porque estás incómodo (fuerzas la vista y quieres recuperar la visión anterior).

 

Creo que no hay más casos de atontamiento ocular. Si nadie se identifica con ellos, debe recordar cuando va en el metro o autobús. Si no os acordáis, es que estabais atontados, ópticamente hablando.

Y un día os estrellarán un bolso.

O un maletín.

October, 2005

arrebato poético

Se acaba el mes

por el cual no tengo interés.

Octubre es como el puré,

rancio a más no poder.

He dejado de fumar

celebrándolo con un pitillo.

En estas fechas los planes del año

se incumplen como antaño;

y volvemos a hacer

lo que no podemos dejar de ser.

La vida es todo lo difícil que quieras.

Puede ser simple, si de verdad lo deseas.

Así que ningún problema debe hacerte sufrir,

si al Rey León queremos plagiar.

 

Poesías tan malas no se ven a diario,

porque se ocultan en mil pedazos.

Yo nada tiro ni doy al “delete”,

pues no se lo que es bueno y malo.

Esta poesía es la excepción,

ya que sé que mola mogollón.

 

October, 2005

no déis de comer a las palomas

 

Piensa en una flor. Y ahora en un colibrí.

Yo tampoco he sacado nada en claro. Pero he tratado de imaginarme cómo podrían dominarnos las plantas y los pájaros. Supongo que las plantas utilizarían olores para cautivarnos o repelernos, y los pájaros nos comerían a picotazos y cagarían sobre nuestras cabezas. Al principio me ha dado grima, pero luego he recordado por qué esta ardiendo y en ruinas esta ciudad.

Hace ya tiempo un hombre pensó en una flor y luego en un colibrí. Y sí sacó algo en claro: deberían dominarnos los pájaros, pues son más simpáticos e inteligentes que nuestros dirigentes. Este hombre, pajarero de profesión y botánico por afición (además de un poco chalado) tuvo una idea. Ser el primer endocrino de aves. Quería engordarlas hasta que adoptasen las dimensiones humanas para que luego nos arrebataran la soberanía de la Tierra. Así, poco antes de su muerte, dejó manuscritas las indicaciones de cómo conseguir aves gigantes:

 

Sobre el arte de engordar aves

El progreso evolutivo aviar puede verse acelerado por la acción del hombre. Si es vuestra merced, como yo, afín no a Fernando VII  ni a los liberales, sino de un dirigente que sea pájaro, no tendremos la fortuna de disfrutar dicho privilegio; pero sí podemos ayudar a las generaciones postreras. Nos convertiremos en el embrión de la soberanía aviar si comenzamos esta ardua pero esperanzadora empresa.  Para ello el engorde se potenciará duplicando el volumen de ingesta de alimento. Disminuya las dimensiones de los nidos, evitando así la quema de calorías de las aves paseriformes.     Seis generaciones homínidas después, tendremos aves gigantes. Debido a la reducida dimensión de sus nidos, habrán perdido la cualidad de volar. Esperemos que pronto la imagen en movimiento pueda ser reproducida, y nuestras aves puedan ver Top Gun para recordar el por qué de sus alas.      

Los humanos portamos un lastre que nos ha hecho poderosos. El pecado original nos dio malicia, y con ella violencia para sojuzgar al resto de la Naturaleza. Los pájaros no tienen dicha malicia, pues son sabios. Esta condición se puede transformar con la fórmula monárquica endogámica. Apareemos a los pájaros con sus familiares más cercanos. Saldrán monstruos. Tendremos reyes con alas.

            Mi vida se apaga, pues es sólo una vida. Mas la vida de los pájaros tiene que encenderse. Que las aves alcen el vuelo.

                                                                                                          Octubre de 1818

 

Y este hombre murió, pero tenía un hijo, quien leyó estas palabras.  Y las cumplió a raja tabla. Y el hijo de su hijo hizo lo mismo. Las aves ya tenían un tamaño considerable. Llegó el estreno de Top Gun. Y las aves tuvieron descendencia. Cada vez eran más grandes. No hubieran podido entrar por el pórtico de una catedral, dado su tamaño. Eran monstruosas. Son monstruosas. Hasta llegar al día de hoy.

Miro por la ventana rota de mi habitación y sólo veo ruinas. Mucho fuego. Cenizas.

Los pájaros tienen el poder en la Tierra. Todo es diferente.

Cuando era pequeño, veía en las plazas a decenas de palomas, y las daba de comer porque me daban pena. Ahora sólo puedo decir una cosa:

 

NO DÉIS DE COMER A LAS PALOMAS

GRACIAS                                                                                                    

October, 2005

terapia contra la ansiedad

 

Suena una motocicleta. Es la decimo-octava que pasa en la última media hora. Son las tres de la mañana de un miércoles de verano en el que quiero dormir. Pero no puedo. De ahí que esté en la terraza de mi casa contando cuántas motos trucadas circulan por el paseo marítimo.

Estaba harto de las dichosas motos, pero gracias a ellas descubrí la forma de no cabrearme con nada. El truco reside en describir mentalmente la situación para salir del plano emocional (enfado, disgusto, alegría, nerviosismo, melancolía…) y así entrar en la racionalidad del análisis. Quiero decir, por ejemplo, si de madrugada pasan diez motos trucadas al lado de tu casa, en vez de pensar la forma de hacerlas explotar, trata de ponerle palabras a ese momento:

“Ahora mismo, 2:00 AM, circula bajo mi terraza una motocicleta que suena como si fuera un avión. Le sigue a pocos metros un coche que lleva sus ventanillas bajadas, la música a todo trapo y un conductor que lleva un cenicero por peinado. Tras el coche, se vislumbran (por el ruido) 9 motos que se acercan por la avenida con la pretensión de, además de hacer ruido, adquirir 10 euros de metalfetamina para el fin de semana”.

Mientras construía este enunciado, con unas ojeras del copón, me di cuenta que no guardaba rencor hacia los dichosos moteros, sólo los veía como parte del escenario.

Mi mente, en vez de imaginar cables puestos en la calle que estrangulaban a los individuos, solamente describía la situación. Y funciona. El stress y la ansiedad desaparecen.

También reconocí que, si vas a Gandía o sus aledaños de vacaciones, es de esperar que haya situaciones como ésta.

October, 2005

A los letristas de canciones de amor

 

No estoy en contra de que hagáis poesía (no soy quién para ello), pero sí que cambiéis un poco el repertorio de tópicos que aparecen en todas esas canciones producidas en serie. Por ello, me gustaría que pensarais un poco las cosas que decís, que estoy convencido ni las pensáis, pues son bastante siniestras:

- Tengo el corazón partío: si una persona te rompe el corazón, llama a la policía, aunque no creo que te de tiempo. No le escribas una canción romántica.

- Morir de amor: no le quites protagonismo al bademécum médico.

- Partir el alma: sustitúyela por “provocar depresiones, crisis de ansiedad o brotes de esquizofrenia recurrente”.

- No soy nadie sin ti: todavía tienes d.n.i., así que a callar.

- Mi vida ya no tiene sentido: ¿es que alguna vez la tuvo?

- Devuélveme la vida: estando muerto no se puede ser tan pastel.

El lenguaje metafórico da la oportunidad de combinar significados que el sentido común considera inviables. Por ello es rico e imaginativo, a la par que didáctico. Las canciones de amor ponen en peligro ese lenguaje: escuchando siempre las mismas cosas reducirán nuestra capacidad de combinarlas.

Aunque pueda haber parecido siniestro, reconozco que escucho a Coti cada mañana. No puedo decir nada más.

Juventud elástica

El ser humano, para quien no lo sea, atraviesa un cuarteto de ciclos o estadios vitales claramente identificables: infancia, juventud, madurez y ancianidad. Cada una de estas categorías son visibles a partir de la edad o tiempo de vida del sujeto a observar. Primero será un bebé, luego un niño; más tarde un adolescente, un joven, un hombre, un señor, un caballero (si tiene dinero), y al final un anciano (“viejo”, si es un desconocido). Pero hay una confusión con el tiempo que abarca la juventud, alongándose éste cuanto mayor sea el sujeto discursivo que se defina.

La experiencia de campo muestra que los individuos, cuando rondan los 40 años, consideran que la juventud termina a los 50; y esos mismos, cuando ya tienen 50, es decir, cuando según ellos ya no serían jóvenes, dicen ahora que la juventud dura hasta los 60. Pero llegados a los 60, “la juventud termina cuando dejas de estar bien”. Y cuando dejas de estar bien, la juventud es algo que se lleva dentro, que la gente que es joven lo es para toda la vida.

Creo que todos queremos ser jóvenes. O, más bien tenemos miedo a dejar de serlo.

Menos los jóvenes, que todo nos da igual” (palabras de mi abuela)

September, 2005

Stallone en la oposición

Merece especial atención la efigie de un hombre que lo ha sido todo en la vida. Todo menos buen actor. Desde una máquina revestida de piel humana con intención de destruir la humanidad, hasta el primer hombre embarazado.

Sea Conan “el bárbaro”, Terminator o poli de guarderia, Arnold Schwarzenegger no se aparta de ese gesto siniestro, amenazante y tortuoso que ha caracterizado su carrera interpretativa. Mirada castigadora, mandíbulas angulosas, inhumanamente fuerte… Un hombre de pocos amigos. Un depredador. Siempre atormentado consigo mismo, puede que debido a un sistema digestivo complicado e inestable.

Tal vez Arnold pudiera llegar a ser un gran actor con aspiraciones a Brodway, pero la industria no le necesita para eso. Lo importante es que no actúe. Sólo tiene que mantener esa expresión inexpresiva, y la película cosechará unos beneficios ciclópeos. Si no, imaginémosle en un film donde sus músculos no intervengan, donde no haya destrucción, ni muertes, secuestros o violaciones. No sería propio de él. Un fracaso jamás conocido por el héroe de Estados Unidos, paradigma del consumible sueño americano.

Cumplido el sueño con el cine, toca ampliarlo al mundo real. El campo está ya abonado. ¿Quién no necesita ficción en su realidad? ¿y héroes de mentira para hacerlos reales? Schwarzenegger es el perfecto ejemplo.

El 9 de octubre de 2003 los periódicos rezaban así:

“Schwarzenegger gana las elecciones en California”

Titular conmovedor ¿Qué será lo próximo?

Stallone en la oposición.

September, 2005

La arquitectura exhibicionista

Arquitectura exhibicionista: los hospitales

Hace ya tiempo tuve que someterme a una intervención quirúrgica. Mi vida no corría ningún tipo de peligro, pero tuve que hacer una visita al quirófano, pudiendo entrar y salir de este con mis propios pies.

Las formalidades obligaron a que entrara postrado en una camilla, habiendo cumplido anteriormente el ritual preoperatorio que paso ahora a detallar:

El momento preoperatorio puede resumirse en tres espacios:

-         Sala de espera: si no es una urgencia médica, el número de horas sentado en esta sala es indeterminado. En mi caso fueron más de tres horas.

-         Habitación: eres llevado a una habitación individual. Conviértela en un camerino. Ponte el vestuario adecuado para entrar en el operatorio: traje atrevido, gorrito y patucos de celofán verde a juego con el atuendo. Si no lo haces, el médico no estará autorizado para ponerte encima el bisturí.

-         Pasillos hacia el quirófano: es tu momento. Todo el mundo te mirará sólo a ti. Si te gusta la moda, puedes pensar que es una pasarela. Si no… joderte, como me pasó a mí.

Y por fin…

     -      Quirófano: ya tumbado en la mesa de operaciones, te anestesian parcial o totalmente, y… a operar. Suele haber música de fondo, como si fuera un centro comercial. En mi caso había un disco del grupo latinoamericano Maná.

Pensé en quitarme la vida.

 

El apunte arquitectónico de esta situación lo ilustra el exhibicionismo en la disposición de los espacios, sea un hospital religioso o laico.

Cuando uno visita un hospital estando aquejado de un mal menor (constipado, gripe, otitis, miopía, reacción alérgica leve…) debería haber ido al ambulatorio, pero si ya está en el hospital,  seguro se topará con algún paciente postrado en una cama y vestido de verde. Eso significa que lo están llevando al quirófano. El matiz exhibicionista salta a la vista: ¿por qué el quirófano está tan alejado de esa habitación donde te han hecho vestir de verde?

Mi respuesta es: para mostrarte a los demás. Y mi pregunta es ¿por qué? Dudo que alguien quiera que le vean vestido así, considerando que la gente se maquilla para salir a la calle.

Lo único que saqué en claro fue que los arquitectos eran unos pervertidos.

 

Espero que no me vuelvan a operar, pero si eso ocurre, en el trayecto de la habitación al quirófano buscaré con los ojos a alguien que sonría. Así, ya sabré quién ha construido el edificio.

September, 2005

entre vodkas

Los miedos de Paloma II

Entre vodkas

 

Interior de un bar. Medianoche (sin luna llena)

- Hola, ¿me pones un vodka con melón?

- ¡Marchando!- asegura el camarero.

Al poco rato me sirve un vodka con limón. Se lo había pedido después de tomar el vodka con melón.

Después de dos vodkas más:

- ¡Me pones un vodka con melón!

- ¡Marchando!

Mi sorpresa cuando trae un vodka con limón:

- Perdone, se lo he pedido con melón- interpelo disgustado al camarero.

- Lo siento, se nos acaba de terminar el zumo de melón.

- No pasa nada.

Pago y salgo del bar en dirección a casa.

las anchoas aladas

los miedos de Paloma I

Tras mi estabilización estomacal decidí darme un homenaje culinario.  Las carnes rojas hubieran sulfurado mi ácido úrico, así que opte por algún animal marino para celebrarlo. Así pues, fui a la pescadería. Un banco de anchoas reposaba sobre el hielo como si esperara mi llegada.

Una vez desocupado el pescadero me aventuré a solicitarle las anchoas más saladas que tuviere. Mi cavidad bucal segregaba tanta saliva que pensé en donarla para algo. Pero no, yo quería que me diera ya esas anchoitas.¡Ya era mi turno!

El empleado, para mi asombro, se alejó de las anchoas, acercándose a una jaula de pájaros. Cogió un cazamariposas, abrió la jaula y… ¡oh!

COMENZARON A SALIR DEL CAUTIVERIO CIENTOS DE ANCHOAS VOLADORAS

 

Decidí salir corriendo del lugar.

E ir al foniatra.